miércoles, 18 de agosto de 2010

Noche buena

Era la última noche en Jabilla, un pequeño pueblo de Costa Rica. No recuerdo bien como dí con este lugar, hacer auto-stop tiene sus riesgos, el azar de levantar el pulgar traza la ruta y el destino puede ser cualquiera, un pueblo, una ciudad, el medio de la nada, un hospital u otro país.
A la tarde había ayudado a unos marineros a descargar cajas en el austero puerto, a cambio de charlas y comida, me dijeron que a la mañana siguiente irían a Nicaraguas y que si prometía no vomitar el barco me llevarían con ellos. Estaba decidido entonces, mi viaje continuaría hacia allá.
El calor era intenso en el verano caribeño, el mar en el horizonte se mezclaba con un cielo naranja, parecía que el océano se incendiaba a lo lejos, si hubiese sabido pintar un cuadro esa era la imagen ideal para inmortalizar, pero en vez de un pincel tenia una botella de ron. Había olvidado que era 24 de Diciembre, en el pueblo se vivía clima festivo por una fecha que dejó de significar algo para mí hacía mucho tiempo. El epicentro del caos venia de la iglesia, mucha gente se movía sin parar, armando mesas, un pequeño escenario, el pesebre y decorando todo lo que podía ser decorado, un grupo de músicos practicaba para la noche, una joven tocaba la guitarra; cabello negro, piel morena y de sus labios carnosos salía una voz preciosa que dominaba el lugar, eran canciones sobre Jesús, amor y paz. Me senté contra una palmera, bebí mi botella, cerré los ojos y escuché el ensayo.
Después de cantar la morena caminó en mi dirección, admito que me gustó su andar, se acercó más y me dijo:
-Hola gringo ¿quieres colaborar con dios y sus hombres?
-No creo mucho en eso, disculpá.
-¿En dios?
-En los hombres.
No fue difícil robarle una risa, charlamos un buen rato. A ella le gustaba mi acento, por suerte entendió rápido que yo no era gringo. Quería que le cuente como era todo más allá de Jabilla. Era catequista y cantaba en el coro de la iglesia, casi diría que me obligó a cenar con todo el pueblo en la iglesia, decía que no podía pasar navidad solo.
Terminados los festejos, ya en la madrugada, nos fuimos juntos a caminar por la playa, arena blanca y el sonido del mar, si existe el paraíso debe ser muy parecido a un lugar así. Nos acostamos y en un momento de silencio, no incomodo mas bien de paz, intenté besarla, sus labios no me rechazaron, pero ella…
-Lo siento, tú sabes, mi compromiso es con dios y quiero llegar virgen al matrimonio.
-Si es así, el que realmente lo siente soy yo.
Nos quedamos callados y abrazados el resto de la noche, no quería mentirle, no en navidad al menos.
Ya estoy en el barco, nuevamente dejo un pueblo atrás. Esta mañana el puerto se ha presentado gris. En el puente principal de piedras verdosas, cuatro hombres trabajan descargando unas cajas pesadisimas de cartón, mientras otros firman papeles. El agua apenas se agita con leve brisa y, si nos acercamos, en algunos sectores se notan manchas de aceite de distintas formas que brillan.
Hacia el este, los pájaros están en plena actividad. Allí, dos pobres barcazas se acercan a la orilla, trayendo la pesca del día. Parecen pequeñas casitas flotantes decoradas, pero
no poseen un color definido. Muchas capas de pintura gastada cubren las paredes de madera.
Al frente, las campanas de la catedral replican llamando a la misa de las 10, ella tocará la guitarra para Jesús, aunque él seguirá durmiendo en su cumpleaños hasta muy pasado el mediodía.

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