viernes, 19 de julio de 2013

Demonios

No recuerdo cuántas veces morí. Tampoco importa, tiendo a perder esos detalles.  Cada vez cuesta más volver, eso seguro. Son como pequeñas lobotomías en cada renacer, amputaciones de recuerdos. Algo había pasado la última vez; sangre por todas partes, unas buenas tetas, golpes, olor a la mierda, fuego. No sé si la sangre, el olor y las tetas eran mías o de otra persona, los golpes seguro que nos los di yo y el fuego, el fuego es sagrado, siempre anda por ahí.
Despierto, está todo oscuro. Lo primero que hago es tocarme. La clave es revisar para entender qué mierda pasa: tengo tetas peludas, flácidas y caídas. Algo de papada y un ombligo negro, oloroso, en el que podría entrar el puño de una persona. La puta que lo parió, soy gordo. Encima estoy medio pelado. ¡Todo el pelo en el pecho me tocó, forro!. Parece que soy incomible, pero aunque sea tengo pija, chiquita, pero una pija al fin. La otra vez fui eunuco y eso conlleva a un fuerte dolor de orto. Cuestión que soy hombre y debo andar por los cuarentaitantos.
Nunca aparezco como un sex symbol, no desde aquel quilombo que armé en un pueblo de mierda y durante tres generaciones nacieron pibes iguales y medio tontos. Todos parientes eran al final. Todavía me pasa facturas el jefe. 
Prendo la luz del cuarto. Cama dos plazas, mesas de luz y una cómoda fea que hacen juego. Qué cagada, tengo alianza, estoy casado. Me veo al espejo y confirmo que soy feo, bastante fulero. Mi esposa debe ser una vieja chota, otra vez la misma historia.
Estoy en un departamento chico. La ropa del placard es toda gris y celeste: jeans, camisas, zapatos. Soy de clase media baja, trabajador, sin hijos, sin nada que me haga resaltar.
En la mesa de luz unas fotos de unas vacaciones en el norte, un lugar aburrido y pasado de moda desde la matanza de indios. Eso sí que estuvo bravo, jefe, bien pensado usar la cruz como bandera.
En la pared un cuadro de fútbol, de San Lorenzo Racing. Que tipo irónico que sos, jefe, te encanta que sea “De el Santo”, como ese que ahora anda en el Vaticano.
Bueno, jefe, me cago en vos, que vida de mierda me mandaste. Por qué a los otros les toca ser políticos, obispos o abogados. Yo soy un gordo, pelado, casado y… ahh, portero de un edificio. Brillante, sos un brillante hijo de puta, jefe.
Salgo con la manguera. Manguereo como buen portero. “Manguerear”, ahora este gremio de mierda se dio el gusto de inventar verbos: ¡Para vos, Borges! no te llevaste un Nobel por culpa de apoyar a los nuestros y ahora como portero me cago en las palabras que tanto cuidabas, tomá.
Charlo con los quiosqueros de la cuadra, al parecer soy un tipo querido. Siempre quieren a los boludos. Sacamos el cuero, envidiamos a todos los que son mejores que nosotros, hablamos del clima y tiramos mierda. Mierda de la política, mierda del fútbol, mierda de los vecinos, mierda en general. La última vez que me tocó tirar tanta mierda fue cuando fui tachero en el 2001 y 2002, buenos años esos, qué laburo hicimos jefe.
En fin, hago mi trabajo. Saco la basura de otros. Espío por la cerradura de alguno mientras garcha con su amante. Me hago el boludo cuando alguien vuelve a su casa borracho. Y, por supuesto, Abro la puerta a los que viven en el edificio y saludo. Son gente bien, claro. La gente siempre es bien, cada día, todos los días, hasta que una cosa lleva a la otra y terminan votando a un hijo de puta. Como aquella vez que se te fue la mano con ese presidente turco, jefe. Yo te lo había dicho, ese tipo nos iba a cagar, pero claro, sos cabalero y te gustaba el apellido capicúa.
Los días son una cagada. Aburrido, aburrido, aburrido. Mi esposa me odia, yo no sé bien por qué, pero siento que lo merezco. Los matrimonios son más o menos así en estos años: aguantar sin pensar demasiado. Como esta vida miserable. Pero al menos piropeo minas, un talento que tuve siempre –menos cuando fui eunuco-. Les chiflo, relojeo sus piernas, su forma de caminar, su manera de ignorarme.
Hasta que una tarde sucedió algo único, de esas cosas como el cometa Halley que pasa cada 76 años, una visión, un milagro que demuestra que el jefe y que el otro existen. Sale del edificio una mina con un culo de esos por los que el hombre hace guerras, mata familias, quema civilizaciones. Un culo que debería ser ilegal en toda sociedad bienpensante. El culo me saluda y me dice: “Buenos días, Carrrlitos, voy al gym y vengo”. Con la “r” bien pronunciada dice el nombre.  “Carrrlitos”. Como me calienta que esa “r” repiquetee en sus labios. Encima va al “gym” para mejorar ese culo. Ilegal, ya les dije. I-le-gal. Que genio que sos, jefe, perdoná por tanto berrinche.
La gente bien del edificio se asombrará al leer los diarios: la mina del culo ilegal apareció muerta, estrangulada, violada dentro de su departamento. El bueno del portero tenía las llaves, dirán. El bueno de “Carrrlitos” no resistió la tentación, justificarán los hombres. Por ese culo empezó una guerra, se cagó en una familia, tiró los valores de una civilización a la basura en bolsas de consorcio, tratarán de entender. Siempre necesitan entender.
El jefe es un genio, un turro hijo de puta, pero es un genio. Una mina con un culo infernal muere y todo se paraliza. No importa más nada. Los otros siguen haciendo de las suyas, prófugos por ahí.  Ya está hecho, me toca morir y otra lobotomía. Espero que el jefe me mande esta vez como algo interesante. Como un chofer de tren adicto a la velocidad o como un peluquero gay en recoleta.